AMOR MÁS ALLÁ DEL CARNAVAL

Recuerdo ahora esa escena... Una imagen que condensa el mundo que cabe en esta ciudad, 
          la velocidad asombrosa de sus callejones y jardines... 
      Dos jóvenes en la noche rompiendo las fronteras de la raza y el espíritu, horadando las entrañas del cuerpo social y cultural... 


        Dos jóvenes de colores diferentes haciendo el amor en el parque del Temple... Ella es la blanca y el negro es él. Y la copulación alcanzaba los límites del canto nupcial de las panteras. 
     Una isla debía de estar ardiendo en su conciencia... La furia de aquel mar oscurecido lanzaba sus espumas contra los prejuicios inútiles. El mar con su música mineral, todo el mar estaba penetrando por los surcos verdes de esta tierra...  
      Recuerdo esa imagen intersexual, esa fecunda celebración interracial, intercultural... Nadie hubiera sido capaz de interrumpir el paso de sus emanaciones bajo los árboles...          
     Brindo ahora por la aventura germinal de esos dos héroes anónimos y enérgicos que desde lo más profundo de la ciudad estaban abriendo las ventanas de un tiempo nuevo...    
    Imagino los filos de sus bocas, y están apuntando hacia lo alto.


PASAJE CON MISTERIO

Textículo dramático


 Es un pasaje para masticar despacio.
      Su cielo es un herrumbroso somier con un esqueleto de gorrión que no para de croar. Y sobre el suelo de cenizas pueden verse todavía algunas lágrimas con un saltamontes dentro.


     Y entré en la única tienda abierta, una tienda antigua y sin nombre que ha comenzado a liquidar sus existencias. Olía a matanza y a mosto y especias de otro mundo.
    Y allí estaba él, charlando con la dueña como si estuviese tejiéndole un jersey para toda la vida.
    Pregunté primero por el precio de unas mantecadas y una gorra de plato azul.
    Y luego por el bar del rincón que estaba cerrado y cercado por una verja... Un misterio... Hacía por lo menos quince años que... 


    Esa bodeguilla ya no se puede abrir, no. Está muy mal por dentro, no se puede abrir.
    Por delante de los ojos me pasó la imagen de un montón de ataúdes rellenos de carne blanca.
   Y él me miraba como quien ha viajado ya por todos los países de Europa y América...
   Más de quince años hará que murió su propietario... Al parecer se suicidó... Negocios raros, dicen... Y desde entonces nadie ha vuelto a entrar ni salir de ahí.

¡¡¡¿Y quién iba a salir de ahí?!!!


    Él sin embargo no tiene miedo de que lo maten. 
  Apenas mide metro y medio. Y viste americana negra y camisa y corbata de rayas rojas y azules. 
    Y camina como huyendo de la luz.

   No soy capaz de desterrar de mi cabeza la idea de que... ¡Maldito presentimiento!




EL RAÑADERO


     El Rañadero es una travesía un poco esotérica, con música de lunas menguantes y un misterio de sesenta y seis peldaños. Desde el Rañadero hay madrugadas en que se vislumbra la Ponferrada terrible, inocente, profunda y golfa que tú y yo tanto amamos. Muchas noches nubladas he andado por el Rañadero buscando algo que en verano es una verdadera gacela y en invierno una verdadera vaca. En la cartografía de sus calles es como una caricia que enternece al más malvado de los ciudadanos. Desde el Rañadero se atisba a noches el rostro bellísimo de esa mestiza grande, sádica, dulce y cachonda que es Ponferrada.


     Por el Rañadero ronronean treinta y ocho gatos negros brillantes y muy ácratas. Esculpidos con muchísimo arte, tienen pinta de haber venido de muy lejos, como de las costas gallegas. A uno le es ya imposible subir o bajar esos peldaños sin reparar en el alto imperio de esos treinta y ocho gatos que cada madrugada consuman su delirio oriental.

    Hay también en el Rañadero una buhardilla con enigma que nadie ha querido aclararme. Y creo que es la única calle donde podrían tomar a gusto la sombra los sesenta y pico mil gnomos que sostienen esta ciudad. Subiendo el Rañadero, ebrio ya de tantos eclipses, me paro a veces a escuchar sus voces que llegan de más allá, de una lejanía de sótanos y grutas inverosímiles. Y en una lengua mínima y suburbial, me cuentan esos duendes de la Ponferrada de los cocainómanos y las putas y los tahúres, de los traficantes del dolor y tantos cabrones desguazados que todavía conservan suficientes energías para atormentar las noches adolescentes.


    Es el Rañadero uno de los pocos callejones, quizá el único, donde DIOS ES NEGRA. Por esta travesía se posan los indecisos como amapolas muertas. En el Rañadero yo creo que se podría abrir una ventana a la historia regional de nuestra infamia. Cuando llega el verano huele por esta calleja a palomas desbocadas y a condones y a desamores pudriéndose en las alcantarillas. Y sólo sobre estos peldaños es posible recordar aquellos versos que redactó Rimbaud durante su larga temporada en el infierno: «Y a la aurora, armados de ardiente soberbia, entraremos en la espléndida ciudad».
    Las escamas del tiempo se desintegran en este callejón y el cielo de Ponferrada cuesta aquí demasiados lamentos cuando huyen los pájaros y alguien nos falta. Pero yo sé que nunca dejarán de asombrarnos los sesenta y seis peldaños del Rañadero, que nunca cesarán de jugar por esta escalinata los niños de los domingos.


   Hay que tener huevos para rondar a ciertas horas la calle del Rañadero. Por esos peldaños se encuentra de todo: cabellos de mujeres morenas, ocas ensangrentadas, una isla desnuda, nenúfares pringados de cocaína...
    Conozco a mucha gente cuyo único refugio es el callejón del Rañadero. 



***[Un poco más largo salió en Negrísima y Almendros, hace años]

POR LA REPÚBLICA DE ALMENDROS (2)



Los constructores de la República de Almendros propugnamos el 
SURREXISTENCIALISMO: 
una síntesis de 
Surrealismo-Resistencia-Existencialismo. 





La bandera provisional que hemos adoptado es del color de los caballitos de mar que brincan por la noche en la bahía del Pajariel. Y la figura sobre ella dibujada es una mujer con cabeza de flores de almendro izando la nube de la Transgresión.



Desde que las Autopistas del Mar 
se han hecho Realidad en el 
NOROESTE ATLÁNTICO
la República de Almendros se halla integrada en la

UNIÓN DE REPÚBLICAS 
DEL
NOROESTE ATLÁNTICO




La U.R.N.A. está constituida actualmente 
por las siguientes repúblicas:

República de Erín
República de Camelot
República de Swansea
República de Astérix
República de las Rabas
República de la Sidra
República de los Páramos
República de las Cabras Parlantes
República de Olleir
República de Baralla
República de Terra Chá
República das Xoubas
República de los Claveles
República de Almendros


POR LA REPÚBLICA DE ALMENDROS (1)




¡Salud, amigos!

     Se cumplen esta noche diez años de la constitución put-on-lírica de nuestra República de Almendros. Gracias a vuestros deslumbrantes poemas y relatos, gracias a vuestras luminosas ideas, pinturas y canciones... se está erigiendo en una de las más excelsas de la Unión de Repúblicas del Noroeste Atlántico. Porque es la República de Almendros la república de la Imaginación y la Utopía elevadas al Cubo Mitológico; la república de los Poemas Neo-Revolucionarios y las Narraciones Transvanguardistas del Porvenir; la república de las Pinturas Post-Metafísicas y las Músicas Transcendentales del Tiempo Post-Electrónico...


    Tal vez no sea la más bella de las repúblicas del Noroeste Atlántico, pero recordad sus valles del Silencio, sus castillos del Temple, sus lagos del Romanticismo, sus médulas del Oro, sus ríos y bahías de la Niebla, sus monasterios del Sueño...

   Y para conmemorar esta noche el décimo aniversario de su constitución, alzamos la copa lírica de Antonio Pereira:


‘Poética’

Ahora sé que es un crimen de lesa poesía
exprimirle a la almendra del verbo su licor
y entregarlo a los indiferentes.
Oh, tú, poeta pródigo,
malgastador de lo que sólo es tuyo
durante un breve relajo de los dioses.
Retén el aire en el pulmón florido
hasta la hora en que tu canto sea
disculpado por la necesidad,
no vayas a jurar el verso en vano.

ADIÓS A TODO ESO


   Pensé entonces en el año que se nos va. Y con el ánimo revuelto de nostalgia me fui a la estación de ferrocarril...


   En el vestíbulo había un viejo chiflado con bigote, boina negra y una mochila al hombro que no paraba de gritar: “¡Para llegar a los setenta como yo, hacen falta unos cojones así!” Sus dientes carcomidos amenazaban con echarse a rodar por los aires... Tuve el presentimiento de que no llegaría muy lejos.

     Apareció luego otro hombre en la cantina, un tipo que vestía una cazadora verde de domingo y miraba componiendo raros visajes. Sobre la frente le caía un flequillo de niño de barrio proletario y andaba como de puntillas. Se colocó frente al viejo de la mochila y comenzó a sonreírle... Por la mueca inocente de su boca y aquella apostura temeraria intuí que se trataba de un retrasado mental.


    Anunciaron la llegada del tren expreso procedente de Galicia. Y salté al andén para ver surgir su rostro bajo el puente.

    Entró el tren en la estación, chirriaron los frenos y advertí entonces que a mi lado se había puesto el retrasado mental. Tenía los ojos llenos de súplicas... Y los dos fuimos testigos de cómo aquel viejo loco se subía al vagón de cola gritando su jocosa oración contra los cielos.

    Y allí seguimos esperando, hasta que sonó la campana y el retrasado mental comenzó a decir adiós con sus dos manos como quien se despide por última vez del mar... Y el tren desapareció de nuestra vista entre las fauces de la niebla.


      Y quiso el azar que de nuevo nuestras miradas chocasen, pues tal vez ambos habíamos dicho adiós a las mismas cosas.