SPIRAL I

Murciélagos


         Siempre creí que no escribiría nada sobre el asunto. Pero el aliento de nuestra República de Almendros, sus árboles desnudos, los chicos de la calle del Wolfram, las mujeres que venden fruta en la plaza de Abastos, esos suburbios del oeste, los bosques y las aldeas y esa niebla azul...

       ¿Es una caterva de murciélagos la que ha posado sus membranas sobre todo lo que me rodea?


         Se ha interpretado mal la marcha de nuestros pueblos y ciudades hacia el Océano Paradisíaco. ¿Qué habéis pensado hacer entonces durante el largo invierno? ¿Cuánto tiempo hemos de permanecer con los ojos extraviados?

                   Vendrán y enturbiarán todas las superficies.

      Paseando por la orilla del parque, tropecé con un adolescente que llevaba un pájaro muerto entre las manos. Y todo este paisaje que ahora se endereza parece que nos mancha, como una premonición de tiempos más sombríos. Como si una caterva de murciélagos hubiera posado sus membranas sobre todo lo que nos rodea.

ENTRE RÚSULAS Y BOLETOS


       Me hubiera gustado ser uno de esos buscadores solitarios que andan estas tardes de noviembre por las florestas del Bierzo cogiendo boletos, macrolepiotas, níscalos, matacandiles y otras especies de hongos cuya rareza, cuyo perfume, parecen brotar de la melodía de sus nombres.

       Debe de ser un placer muy excitante descubrir en la falda de una montaña una floración de oronjas –las famosas ‘amanitas de los césares’–, tan bellas y delicadas, y tan exquisitas, según la tradición. Debe de sentirse uno muy alegre e importante al encontrar en los linderos de un pinar un corrillo de hongos de pie azul, y acariciar entonces su sombrero violeta oscuro, sus láminas finas y apretadas, su fibroso pie cilíndrico y elástico. Descubrir una floración de setas mamelonadas en un bosque del Bierzo profundo será como descubrir una floración de tersos pezones en una playa oculta del Cantábrico.

      Y sin embargo casi nada sé sobre su brevísima vida sexual, sobre su complicada química, sobre su tremenda y fascinante mitología. Cada vez sé menos de las cosas más sencillas y esenciales de la vida.


       Es proverbial la monstruosa belleza de las setas, su prodigiosa riqueza de colores y de sombras. ¿Por qué entonces algunos sentimos una especie de pavor atávico ante una simple y graciosa seta?

      No suelen ocupar las setas amplios espacios en las grandes obras de la literatura. Lorca, en ‘El rey de Harlem’ de su Poeta en Nueva York, nos dibujó un ‘viejo cubierto de setas’ que iba a donde lloraban los negros ‘mientras crujía la cuchara del rey y llegaban los tanques de agua podrida’.

      Son aún más raras las aventuras amorosas entre los hongos, las seducciones de jóvenes o adultos que van a buscar setas y huelen por primera y última vez el misterio del musgo y la madera. Hay en Anna Karénina una escena de erotismo entre las setas que al recordarla todavía me conmueve...


        Es una tarde de sol y atonía otoñal en los linderos de un bosque de abedules y Varenka, con su cesta bajo el brazo, con su toquilla blanca sobre sus negros cabellos, está visiblemente emocionada ante la posibilidad de que el hombre que la acompaña, Sergio Ivanovich, le pida su mano. Pasean los dos entre niños y hongos, entre rúsulas minúsculas, setas de pie azul, de pie violeta y boletos blancos. El rubor y los ojos 'caídos' de Varenka delatan la fuerte agitación que la consume. Se han alejado de los niños, han quedado al fin solos. Y cuando él se ha decidido ya a declararse, sucede que por una extraña asociación de ideas –¿o acaso por influjo de los hongos?–, en lugar de de­cirle lo que piensa, le pregunta:

–¿Qué diferencia hay entre el boleto blanco y el boleto áspero?

      Los labios de Varenka tiemblan de emoción al contestarle:

La cabeza no difiere apenas, pero el tallo sí.

     Y es entonces cuando ambos comprenden y aceptan que todo ha terminado, que el ‘momento’ ha pasado, que lo que debía decirse no se dirá ya nunca.

OCTUBRE


     Octubre es una ciudad decadentista y sedante, una capital como Lisboa al atardecer ofreciéndote la mano para que leas en su palma unas líneas de Pessoa. Siempre que paso por Pessoa me queda un cierto malestar político, un cansancio grande, anarquista, y el sur de una geografía en que se alza un poco triste Ponferrada. También las sombras más pobres y polvorientas de Lisboa ascienden hasta aquí, hasta estos barrios del oeste –La Placa, Cuatrovientos, Flores del Sil- algunas tardes de octubre.

       Octubre es una calle que se pierde en una queja, una calle que comienza en un rumor de barra, cruza un puente y unas vías, y refleja en su melancolía terminal estas viejas y venerables tabernas del barrio alto de Ponferrada, donde casi ayer cantábamos nuestra lealtad al Sil y al recio pensamiento de la izquierda agitadora.

      Y es una casa tenebrosa, octubre es una casa muy antigua y muy extraña, una casa en la que habita un hombre que sabe hablar al borde del acantilado con las espumas que suben desde el mar. Siempre que trepo hasta esas cumbres de la mano de Lovecraft, me asaltan estas viejas casas de una sola planta, sucias, con puertas y ventanas cerradas a canto y cal, que flotan aún en la putonlírica espiral de Ponferrada. Una hay en la calle Lago de la Baña que cada vez que me quedo mirándola en la noche me responde con el gemido largo de un huido en la posguerra.

     Octubre es una encina solitaria, una encina en todo su  esplendor como la encina americana de Walt Whitman, símbolo insobornable de todos los indignados y rebeldes del mundo. Siempre que me asomo a las lomas de su bárbara Louisiana se alzan frente a mí estos árboles del Bierzo Alto y Bajo derrotados, la consternación de todos sus bosques perseguidos. 

      Y es ese gato salvaje que se cuela en los cuentos bercianos más antiguos, siempre al acecho de cualquier roedor que penetre en la ciudad con fines delictivos. Todavía ayer lo vi merodeando por las colinas del este de Ponferrada, y sus saltos de tigre enajenado, ay, qué presagiaban...

      (¿Quién está detrás de ti?) 

   Octubre... y continuar buscando en el Libro de los Desasosiegos, oh mis amigos amantes de Pessoa y de todas las Lisboas que existen en el mundo. 

LOS CHICOS DE LOS QUE HABLO...


    Los chicos de los que hablo escuchan a veces al presidente de mi nación. Tienen entre veinte y treinta y cinco años, queman buena parte de su vida en el purgatorio rural, no les preocupa el nombre de su generación. Uno trabaja de tornero para una mina, otro se prepara duramente para ser funcionario de prisiones, las ideologías les importan menos que la estética del rap o la economía sumergida, los chicos de los que hablo a veces oyen hablar al presidente de mi nación.

    Se encandilan los fines de semana con sus chicas, se santiguan en el bar y juegan entonces al tute y al mus, y entre tubos de cerveza se envían por sus móviles mensajes de amor y estruendosas carcajadas. La poesía oficial les suena a funestos ruidos metafísicos, sólo si aparece alguna estrella por el suelo se emocionan como lo haría uno de esos profundos poetas oficiales. A veces sacrifican animales domésticos, y a la noche los asan en parrillas junto al río y me convidan.

     Los chicos de los que hablo meditan sobre su suerte cuando ven hablar al presidente de mi nación. Uno trabaja de soldador en Asturias, otro es policía y en sus ratos de ocio cuida de dos asnos de raza zamorana: llama a la burra Amparo, y el burro le atiende por Talibán. Reconocen que son adictos al sueño, si se ha abierto la veda salen a cazar jabalíes, regresan casi siempre de los bosques con una nueva doctrina ecologista.




      Porque el catolicismo en general les importa mucho menos que la higiene de las montañas y los ríos, desde niños están enganchados al opio del fútbol y de las pantallas, cuando bailan se doblan las calles y los puentes.

    Y hay tardes que salen por esos campos de Dios con un tractor en busca de aventuras bucólicas, y en el remolque van cantando canciones incomprensibles, saludan eufóricos a los viejos de las aldeas por donde pasan como si regresaran victoriosos de una guerra, asustan con sus himnos a los perros, tiemblan las cigüeñas de los campanarios. Y les gustaría aprender inglés, disfrutar cuanto antes de una buena vivienda barata y personal, navegar gratis con banda ancha por los inframundos de Internet, a veces no se creen nada de lo que les promete el presidente de mi nación.

      Pescan una trucha y antes de matarla la besan en los ojos, son capaces de llevar la cuenta de los pecados del pardal en primavera, no es cierto que hagan todo lo que les sale de las pelotas, los chicos de los que hablo apuestan por la ideología dura de la madrugada. Y cuando alcanzan las cumbres del delirio, gritan consignas indígenas en dialectos muy extraños, muerden la tierra y se abrazan a las amapolas, mantienen su fe inquebrantable en los mitos del sexo y la amistad.

     No ven por ninguna parte el pregonado resquebrajamiento de España, retuercen la boca cada vez que oyen hablar de los moros y cayucos, a veces no entienden el discurso del presidente de mi nación. Porque los chicos de los que hablo llevan nombres romanos y judíos, nombres castizos y paganos como Dulio, Basilio, Jesús, Saúl, Daniel... Habitan en un pueblo de montaña que dilata su letargo junto a un río...

    Los chicos de los que hablo a veces no reconocen al presidente de mi nación.


TRAVESÍA DEL CUBISMO



    Las primaveras llegaban de la mano de los locos del arte y los amores imposibles. Ellos se encargaban de proclamar a los cuatro vientos de la urbe el advenimiento de la estación más revolucionaria...

      Y aquella primavera llegaba a Ponferrada con el rumor de que el cadáver de una lavandera había aparecido flotando en el Sil a la altura del balneario de la Fuente del Azufre, y con la grata noticia de que el perdido Marqués de Carracedelo, derrotado por la nostalgia de la primavera berciana, había regresado de París en el expreso de la noche anterior.

-La bohemia no se halla vinculada fatalmente a la pobreza-, les dijo el Marqués a los trovadores y políticos que se hallaban poetiqueando alrededor de un brasero en el casino La Tertulia. De sus gloriosas andanzas durante siete meses por la ciudad más bella del mundo ya les iría contando, porque primero iban a tener que contemplar el cuadro más grotesco, maravilloso y brutal que jamás había pintado un artista español. Y extrajo entonces de su pulcra billetera un recorte de revista parisina:

-Mis respetables amigos, he aquí una estampa auténtica, una fiel reproducción en cuatro colores de... ¡¡¡Las señoritas de Avignon!!!

    Y se la fue mostrando a los allí presentes como si de una joya de la época del general Riego se tratara, frunciendo su bigote juvenil y fanfarrón, resaltando con ronca voz triunfal que había conocido a don Pablo Picasso en el Moulin Rouge, ustedes ya saben, y que con él había compartido noches y mujeres como de otro mundo, sencillamente un genio...




-Pues estas cinco señoritas desnudas que ahí ven, estas cinco prostitutas de Barcelona, van a cambiar el rumbo del arte occidental-, apostilló el Marqués.

-Esto es obra de un ácrata terrorista-, replicó indignado el alcalde de la ciudad.

    El párroco de la Encina ya se había levantado de su sillón para ir a purificarse a la calle, cuando el edil de Fomento, hidalgo con barbas de castrón y fama de calavera, rompió el claroscuro sentimental en que habían caído exclamando:

-¡¡¡Pero si la que está tumbada es la Cachorra de la Puebla!!!

    Así que mencionó el edil el apodo barriobajero, volvieron todos a observar con grandísima admiración el ibérico rostro de aquella ramera descalabrada que, antes de emigrar a Barcelona, había estado prestando servicios en una pomposa mancebía de la carretera de Orense. 
       No había ya ninguna duda: ¡¡¡Era la Cachorra de la Puebla!!! Ahí estaba, inmortalizada por Pablo Picasso en una escena que iba a revolucionar la historia del arte, Les demoiselles d'Avignon. Sí, aquí está la Cachorra, tumbada con el brazo derecho doblado tras la cabeza, en un prostíbulo multirracial y cubista catalán, y qué más da que sea catalán, el caso es que la imagen de una ponferradina quedará grabada para siempre en la retina artística de todos los españoles...

-De modo que habrá que convocar concejo, señor alcalde-, dijo entusiasmado el Marqués de Carracedelo- y enviar una comisión a París para hacerle saber al señor Picasso que le estaríamos muy agradecidos los vecinos de Ponferrada si nos autografiase una copia de Las señoritas de Avignon, que colgaríamos en este impecable salón. Y si no hay inconveniente yo mismo, que conozco muy bien el París de la belle époque, podría comandar dicha comisión, señor alcalde, al fin y al cabo tengo nobles instintos bohemios... ¡¡¡Soy un pelagallos con alma aristocrática!!!



CON WINNY DE PUH

     Salí a pasear por el oeste de la ciudad, a sentir de nuevo la trepidación de noviembre sobre los puentes del ferrocarril. Ya no iba buscando ese Café donde batir con satisfacción la espuma última del día. 

    Hay momentos en que para pensar Grandes Pensamientos acerca de Ponferrada no hay Nada como ponerse a pensar sobre un puente del ferrocarril. Las calles se meten más adentro. El mundo se hace un poco más esquivo. Y entre uno y otro pensamiento... ese gesto de agarrarse a la baranda de acero inoxidable y quedarse mirando a los raíles que estrangulan las estrellas.
 
     Pero no es posible pasarse ahí toda la noche. No es posible posarse toda una vida incierta sobre un puente del ferrocarril. Traté entonces de encontrar una refutación de esas geometrías insensibles que acribillan la ciudad, ese rascacielos, dios mío... Un puente sobre las vías del tren, por más prosaico que parezca, es todavía un lugar donde crecen las ficciones y se pierde el miedo a morir. ¿Quién dijo que la estatura de la vida es tan breve como el arco de un puente del ferrocarril? Y bajo la luz de esas farolas de estirpe isabelina se desvanece hasta la realidad de los mendigos.

     Pero algo anormal tenía que suceder. Y fue que por el otro lado del puente apareció... ¡Winny de Puh!


     Y esta vez venía paseando como un animal insatisfecho. Le saludé como debe uno saludar a los osos que piensan. Y se sentó entonces sobre un poyo y a grandes voces me preguntó:

     -¿Cuántas vacas negras crees tú que cabrán sobre este puente los días impares de la semana?

     -Ya estás tú con tus Grandes Pensamientos acerca de Nada- le respondí.

      A Winny de Puh no le gusta demasiado esta ciudad, me lo ha dicho varias veces, y se desmaya cada vez que se le menciona el bosque de cemento del barrio de la Rosaleda. Pero el Puente del Ferrocarril siempre estará ahí y cualquiera que sea amigo de Winny de Puh podrá encontrarlo también ahí...

    -¡Trescientas vacas calculo yo!

      Y se fue corriendo hacia el parque del Temple.

     Y luego me pareció ver estrellada sobre las vías una pregunta sobre la estética de esa torre del barrio de la Rosaleda, la más alta de Castilla y León. Eran excitantes los colores que surgían de allí abajo. Hasta que pasó un tren de mercancías, y se estremeció el puente, y el recuerdo de otras bellezas más espléndidas.

DÍA MUNDIAL DEL VAGABUNDO



     ¿No es mañana cuando se celebra el Día Mundial del Vagabundo? ¡Se olvida uno de tantas cosas! A veces me pasa que acabo de cruzar el Sil por el puente de Cubelos y me queda la amarga sensación de que el río se ha llevado un trocito más de mi memoria... 

     Yo me había olvidado ya de lo que se canta en la Oda a Walt Whitman. Hasta que vino a mi puerta el otro día uno de esos emigrantes negros que venden discos piratas muy baratos. Me habló de una canción de un grupo rapero americano y salieron entonces a relucir Lorca y esa oda suya tan veneno y huracán. Así que la leí de nuevo, y más de siete veces, y todavía no sé si he logrado comprenderla a la manera surrealista. Hay en ella versos que congelan la lengua. Frente a aquellos que aclaman calurosamente al viejo hermoso y homosexual Walt Whitman porque busca un desnudo que sea como un río, se abren esos otros que emanan la rabia espumante del poeta cuando levanta su voz contra los «maricas de las ciudades», «enemigos sin sueño del Amor», contra los maricas «asesinos de palomas» que dan a los muchachos «gotas de sucia muerte» y andan «emboscados en yertos paisajes de cicuta»... Tendré que leerla una vez más. ¡Se olvida uno de tantas cosas!

    A orillas del río Hudson, con los ojos señalando hacia el sur y sus recias raíces creciendo, desde su tumba de aceite y llamas, el bello Walt Whitman continúa clamando contra aquellos que se olvidan de la cordura de los homosexuales y les nombran «deficientes» y «tarados». ¡Cuánto le gustaría al viejo que unos versos suyos fueran pronunciados por las lesbianas y los gays que acuden a los salones municipales para jurarse amor eterno!

    A orillas del Sil, en cambio, no duerme ningún poeta homosexual santificado. A orillas del Sil estaba ayer empinando su botella de vino el Vagabundo de las Vías. Hace tiempo que lo expulsaron del palomar donde bramaba. Dicen que a veces pierde también la memoria y se queda atrapado en la locura. He de ir a verle y decirle que muy pronto se abrirá un centro para enfermos de Alzheimer en Flores del Sil. Podría decirle: "Amigo, incorpórate un poco para que oigas crepitar las canciones de los trenes." Podría decirle eso o algo parecido, aunque lo más probable es que me mande a la mierda...

    Y ahora que recuerdo, tengo que ir a hablar con el Vagabundo de las Vías. Sé que duerme las noches sobre un colchón de hierba roída por las ratas, bajo la herrumbrosa plataforma de un vagón en ruinas. Seguro que tiene una historia muy extraña, y valdría la pena que un día la contase. Porque alguna vez se ha de celebrar el Día Mundial del Vagabundo, ¿no?