CONTAR LA CIUDAD (1)


     Sombras de aquel esplendor de la calle Ancha (ahí al lado del teatro Bergidum). Resisten aún los vegetales (otros dirían 'malezas'). Esas casas suspendidas... 



...en el centro del oráculo, como esfinges en la niebla... 

Todo habrá desaparecido excepto los cimientos.


COMO EN UN CUENTO DE CHÉJOV


    Hay quien dice que está ciego, que sólo sale de casa los días de mercado. Se coloca ahí, a la vera del parque, de espaldas al Sil, y con su gorra de ferroviario ruso parece un personaje... Deja su carrito aparcado junto a ese platanero, prende fuego en un bidón, extiende sus ristras de ajos, pimientos, puerros, cebolletas, guindillas... y a esperar.


   Hoy también me detuve a conversar un rato con él. Hablábamos de cómo era ese paisaje de río y arrabal cuando él era joven... Y de repente Ponferrada se me transfiguró en un hermoso parque de los suburbios de Mélikhovo, esa ciudad al sur de Moscú por la que solía perderse Chéjov, ya tuberculoso, ensoñando El jardín de los cerezos y otras fantasías pequeño-burguesas. “Cada persona, mientras vive, debe construir una escuela, cavar un pozo de agua, plantar un árbol o hacer algo de este tipo para que la vida no pase y se vaya sin dejar huella”. 


    Eso decía Chéjov, cuyos cuentos me gusta tanto leer cada vez que el martillo del invierno comienza a golpearnos... No sé, nunca he estado en Mélikhovo, ni en ninguna otra ciudad rusa, pero presiento que hoy en Mélikhovo la vida podría pasar como en un cuento de Chéjov...


IGUAL QUE LOS PERROS


      Muchas veces me he perdido por ese lugar. Hablo de ese paseo fluvial de Ponferrada que con el Sil se abre bajo el puente Cubelos, pasa bajo el puente de García Ojeda y se pierde unos metros más allá del puente del Ferrocarril...


   Por ahí paseaba la otra tarde pensando a ratos en la cantidad de enfermos mentales que habrá en la ciudad... Pasó un tren de mercancías, y se estremeció el arco del puente, y el Sil fue entonces una negra superficie congelada. Comenzó a llover. Y el resto del paisaje recién agitado –los colores cardinales, la hierba, los sonidos– me pareció de pronto la estructura de un sentimiento panteísta muy profundo, un viaje a un mundo intacto donde el agua es sólo rumor de agua y los árboles y arbustos se mecen más cerca de los ojos y nos dan la mano y nos hablan como verdaderos vegetales.

       Al otro lado del río, cerca de la esclusa, había un grupo de adolescentes amontonados sobre las piedras, tal vez los mismos que han pintado que los policías son unos fascistas y esos grafitos imponentes que luego grabarán en el pubis de sus novias. Los estaba vigilando un muchacho sentado en una silla de ruedas.


     Pasó otro tren, chirriaron las ruedas sobre las cabezas de quienes estábamos de pie bajo el arco, la ciudad de ahí arriba había desparecido con el fragor y la lluvia. Y entonces me acordé de Igual que los perros, el relato que una noche de octubre escuchara Dylan Thomas bajo la bóveda de un puente del ferrocarril, una historia bastante desagradable, en la que dos hermanos, enloquecidos una vez por el deseo sexual que tuvieron de dos jóvenes hermanas, equivocan sus parejas, descarrilan en su vida conyugal, y ya no pueden soportar la noche en casa sino debajo de los puentes.


      Y marché de allí pensando en la cantidad de dementes que habrá en esta ciudad, y que cualquier día a lo mejor también ellos se deciden a pasar las noches del resto de sus vidas debajo de estos puentes. 




TEXTICULOS (4)


Textículo dramático 

     Ahí sentado estaba, al borde de la bahía, como un paria recién salido del Infierno, llamando a las puertas de Ponferrada, y preguntando por el teatro Bergidum y gritando: 

-¡¡¡Mi nombre es Max, Max Estrella!!!

¡Qué loco!



Textículo metal-írico

                Residuo espiritual 
                              hallado esta tarde 
                                       en la bahía... 

¡Caben tantas cosas en esta palabra..!




TEXTÍCULOS: SETAS Y NUNCA


      No suelen ocupar las setas amplios espacios en los bosques de la literatura. Lorca, en ‘El rey de Harlem’ de su Poeta en Nueva York, nos dibujó un ‘viejo cubierto de setas’ que iba a donde lloraban los negros ‘mientras crujía la cuchara del rey y llegaban los tanques de agua podrida’.


     Son aún más raras las aventuras amorosas entre los hongos, las seducciones de jóvenes o adultos que van a buscar setas y huelen por primera y última vez el misterio del musgo y la madera. Hay en Anna Karénina una escena de erotismo entre las setas que cada vez que la leo por estos días de noviembre me conmueve... 


        Es una tarde de sol y atonía otoñal en los linderos de un bosque de abedules y Varenka, con su cesta bajo el brazo, con su toquilla blanca sobre sus negros cabellos, está visiblemente emocionada ante la posibilidad de que el hombre que la acompaña, Sergio Ivanovich, le pida su mano. Pasean los dos entre niños y hongos, entre rúsulas minúsculas, setas de pie azul, de pie violeta y boletos blancos. El rubor y los ojos 'caídos' de Varenka delatan la fuerte agitación que la consume... 


       ...Se han alejado de los niños, han quedado al fin solos. Y cuando él se ha decidido ya a declararse, sucede que por una extraña asociación de ideas –¿o acaso por influjo de los hongos?–, en lugar de de­cirle lo que piensa, le pregunta:

–¿Qué diferencia hay entre el boleto blanco y el boleto áspero?

      Los labios de Varenka tiemblan de emoción al contestarle:

–La cabeza no difiere apenas, pero el tallo sí.

    Y es entonces cuando ambos comprenden, y con resignación aceptan, que todo ha terminado, que el ‘momento’ ha pasado, que lo que debía haberse dicho no se dirá ya nunca.


TEXTÍCULOS (3)


Textículo dramático

      Paseando por la bahía del Pajariel esta mañana -el mar bramaba como lo hacen los suicidas al cruzar la laguna del vacío- me salió al paso el loco de la plaza de Lazúrtegui:

-Yo podría ser Dios.

-¿Qué necesitas?- le pregunté.

-Sólo pido que me entierren bajo esta lluvia.

Le di dos euros. Y echó a correr como un diablo hacia las olas.




Textículo paralírico 1

  Se ha quedado en calma el mar, ensimismado de cosmología... 

      Y si paseáis ahora por la bahía, veréis iluminadas todas las ciudades del Noroeste Atlántico.

      Pero anoche sobre la arena las alas de un suicida...


                                       Textículo paralírico 2

Una botella ha dejado esta tarde el mar... Una botella de ginebra... vacía.




A TODO INDIGENTE LE LLEGA SU SAN MARTIN



     Hará unos veinte años, en París, una mañana en que estábamos una celosa comunista italiana y yo almorzando unas ‘lenguas de gato’ en la braserie donde se inspiraba Georges Simenon, apareció por allí Roland Topor, bastante chispa ya –la noche anterior se había comido a su queridísima Odette– y tarareando ‘La canción de los viejos amantes’ de Jacques Brel. Se nos presentó con sus elegantes modales de surrealista trasnochador y, sin más preámbulos, comenzamos a charlar animadamente sobre la cantidad de indigentes que adornaban el metro de París. Pero pronto se cansó Topor de la literatura farisaica que blandíamos, y empezó entonces a deleitarnos con las sabrosas fórmulas de su Cocina caníbal.
      Conservo todavía estampadas en un cuaderno de viaje algunas de las recetas que pocos días después, al publicarse en un periódico parisino, entusiasmaron a todos los pequeños burgueses de la orilla izquierda del Sena. No puedo referir aquí su modo de cocinar y presentar la ‘Verga de mendigo a la vinagreta’, el ‘Indigente sobre su propio culo’ o el ‘Mendigo en pelotas a las finas hierbas’. A mí me parecieron geniales. No así a mi comunista italiana, que se despidió de nosotros cuando Topor pasó a recitar la receta del ‘Indigente acojonado al vino de Madeira’.
     Hoy, si tuviera la dicha de encontrarme de nuevo con Topor, le rogaría me concediese la gracia de que probara este plato tan suculento que os recomiendo a todos vosotros encarecidamente: el ‘Hígado de indigente berciano con salsa de manzanas reinetas (para dos personas)’: 

“Deje dorar cuatro o cinco rodajas de hígado de indigente berciano en una cazuela sobre mantequilla ya derretida y bien caliente. Cuando estén casi cocidas, coja un trocito de papel sellado del Ayuntamiento que previamente habrá untado de aceite, coloque encima una loncha de tocino de cerdo de Cacabelos, perejil, cebolla y ajos de Valtuille, todo ello muy picado; añada finísimos pimientos de Carracedelo, salsa de reinetas bien carnosas y sexuales de Camponaraya, y envuélvalo doblando con mucho cuidado el papel municipal. Sírvase con los primeros compases de ‘A Ponferrada me voy’ o algo parecido”.

(Nunca más volví a ver a aquella fanática comunista italiana. Siempre he pensado que no habría sido fácil de digerir).