TEXTÍCULOS: SETAS Y NUNCA


      No suelen ocupar las setas amplios espacios en los bosques de la literatura. Lorca, en ‘El rey de Harlem’ de su Poeta en Nueva York, nos dibujó un ‘viejo cubierto de setas’ que iba a donde lloraban los negros ‘mientras crujía la cuchara del rey y llegaban los tanques de agua podrida’.


     Son aún más raras las aventuras amorosas entre los hongos, las seducciones de jóvenes o adultos que van a buscar setas y huelen por primera y última vez el misterio del musgo y la madera. Hay en Anna Karénina una escena de erotismo entre las setas que cada vez que la leo por estos días de noviembre me conmueve... 


        Es una tarde de sol y atonía otoñal en los linderos de un bosque de abedules y Varenka, con su cesta bajo el brazo, con su toquilla blanca sobre sus negros cabellos, está visiblemente emocionada ante la posibilidad de que el hombre que la acompaña, Sergio Ivanovich, le pida su mano. Pasean los dos entre niños y hongos, entre rúsulas minúsculas, setas de pie azul, de pie violeta y boletos blancos. El rubor y los ojos 'caídos' de Varenka delatan la fuerte agitación que la consume... 


       ...Se han alejado de los niños, han quedado al fin solos. Y cuando él se ha decidido ya a declararse, sucede que por una extraña asociación de ideas –¿o acaso por influjo de los hongos?–, en lugar de de­cirle lo que piensa, le pregunta:

–¿Qué diferencia hay entre el boleto blanco y el boleto áspero?

      Los labios de Varenka tiemblan de emoción al contestarle:

–La cabeza no difiere apenas, pero el tallo sí.

    Y es entonces cuando ambos comprenden, y con resignación aceptan, que todo ha terminado, que el ‘momento’ ha pasado, que lo que debía haberse dicho no se dirá ya nunca.


TEXTÍCULOS (3)


Textículo dramático

      Paseando por la bahía del Pajariel esta mañana -el mar bramaba como lo hacen los suicidas al cruzar la laguna del vacío- me salió al paso el loco de la plaza de Lazúrtegui:

-Yo podría ser Dios.

-¿Qué necesitas?- le pregunté.

-Sólo pido que me entierren bajo esta lluvia.

Le di dos euros. Y echó a correr como un diablo hacia las olas.




Textículo paralírico 1

  Se ha quedado en calma el mar, ensimismado de cosmología... 

      Y si paseáis ahora por la bahía, veréis iluminadas todas las ciudades del Noroeste Atlántico.

      Pero anoche sobre la arena las alas de un suicida...


                                       Textículo paralírico 2

Una botella ha dejado esta tarde el mar... Una botella de ginebra... vacía.




A TODO INDIGENTE LE LLEGA SU SAN MARTIN



     Hará unos veinte años, en París, una mañana en que estábamos una celosa comunista italiana y yo almorzando unas ‘lenguas de gato’ en la braserie donde se inspiraba Georges Simenon, apareció por allí Roland Topor, bastante chispa ya –la noche anterior se había comido a su queridísima Odette– y tarareando ‘La canción de los viejos amantes’ de Jacques Brel. Se nos presentó con sus elegantes modales de surrealista trasnochador y, sin más preámbulos, comenzamos a charlar animadamente sobre la cantidad de indigentes que adornaban el metro de París. Pero pronto se cansó Topor de la literatura farisaica que blandíamos, y empezó entonces a deleitarnos con las sabrosas fórmulas de su Cocina caníbal.
      Conservo todavía estampadas en un cuaderno de viaje algunas de las recetas que pocos días después, al publicarse en un periódico parisino, entusiasmaron a todos los pequeños burgueses de la orilla izquierda del Sena. No puedo referir aquí su modo de cocinar y presentar la ‘Verga de mendigo a la vinagreta’, el ‘Indigente sobre su propio culo’ o el ‘Mendigo en pelotas a las finas hierbas’. A mí me parecieron geniales. No así a mi comunista italiana, que se despidió de nosotros cuando Topor pasó a recitar la receta del ‘Indigente acojonado al vino de Madeira’.
     Hoy, si tuviera la dicha de encontrarme de nuevo con Topor, le rogaría me concediese la gracia de que probara este plato tan suculento que os recomiendo a todos vosotros encarecidamente: el ‘Hígado de indigente berciano con salsa de manzanas reinetas (para dos personas)’: 

“Deje dorar cuatro o cinco rodajas de hígado de indigente berciano en una cazuela sobre mantequilla ya derretida y bien caliente. Cuando estén casi cocidas, coja un trocito de papel sellado del Ayuntamiento que previamente habrá untado de aceite, coloque encima una loncha de tocino de cerdo de Cacabelos, perejil, cebolla y ajos de Valtuille, todo ello muy picado; añada finísimos pimientos de Carracedelo, salsa de reinetas bien carnosas y sexuales de Camponaraya, y envuélvalo doblando con mucho cuidado el papel municipal. Sírvase con los primeros compases de ‘A Ponferrada me voy’ o algo parecido”.

(Nunca más volví a ver a aquella fanática comunista italiana. Siempre he pensado que no habría sido fácil de digerir).



TEXTICULOS (2)



Textículo dramático

-¿Qué flores les gustan a los muertos? 
-Crisantemos, claveles, clavelinas, orquídeas, lirios...-, me dijo la florista, soslayando así la delicada frontera que separa a los vivos de los muertos. Parecía estar viajando en un tren velero cargado de flores por el Sil.


Textículo paralírico 1

Al otro lado del Pajariel el mar era esta tarde... un poema de Stevenson.

 Textículo paralírico 2

No encuentro ahora ese poema de Henrik Nordbrandt en el que los ojos de ella recuerdan el humo que se eleva de las profundidades otoñales... ¿O es el moho de unas frías uvas negras...? Pero es un aroma que no se disuelve sino que se intensifica con la lluvia.


Textículo put-0n-lírico

Hay tardes en que se me rompe la fonética, 
                                        la sintaxis, 
                        la semántica... 
Y me quedo colgado del lenguaje de los ácaros... Tienen su música... Ácaros como diablos que trazan en el aire poemas terroríficos.


Textículo paralírico 3

A veces echo mano de sus versos para sostener los muros de mi barrio.






VIAJANDO CON EL TREN DEL SIL


      Me senté junto al ventanal, apuré el café, y abrí la novela:
     Al principio el narrador se detenía en describir con todo lujo de detalles las piezas de un club de alterne de La Portela de Valcarce, el A-300, donde trabajaban tres muchachas brasileñas y cuatro paraguayas que habían traído clandestinamente a la República del Bierzo en helicóptero. A eso de la medianoche, uno de los proxenetas, que era de Cantabria y había hecho la mili en Astorga, se acercó a la barra y preguntó a un parroquiano de Villafranca a qué hora salía al día siguiente el tren Ponferrada-Villablino.

–Lo siento, tío, pero ese tren ha sufrido una nueva desgracia. Lo han descarrilado esta misma noche, y hasta el año que viene no volverá a ponerse en marcha.

   Se perdía luego el narrador en relatar extrañas desventuras del Ponferrada-Villablino, más conocido como Tren Turístico del Sil. Un tren por el que ya habían perdido la razón y la paciencia insignes alcaldes del Bierzo, egregios cabecillas de las Juntas de Castilla y de León, y otros personajes de la alta comedia política y social del Bierzo. A continuación pasaba a contar las peripecias de una famosa excursión realizada en dicho tren por ciertos intelectuales de Ponferrada con unas putas del A-300, peripecias que a mí me parecieron muy similares a las que Ramón Pérez de Ayala había relatado en su Tinieblas en las cumbres. Pero antes de penetrar en el siguiente capítulo, el obseso proxeneta de Cantabria, que hablaba muy bien el galaico-berciano, entraba en acción propinándole un hostiazo al feligrés de Villafranca, que sin embargo pudo reaccionar a tiempo para estrellar contra la cara del cántabro el cubalibre que estaba bebiendo e intentar salir pitando del local.
     Y fue tal el follón que se armó en el A-300, que hasta las chicas que estaban en el piso de arriba trabajando abandonaron su faena y se pusieron a llorar, a chillar como salvajes, berreando en su amargo dialecto de Sâo Paulo expresiones soeces y juramentos contra el proxeneta de Cantabria, así como contra la explotación laboral que padecían... No era aquí el narrador muy ético y perito que digamos, pues, al mismo tiempo que las chicas aparecían en escena, se detenía en describir sus partes más íntimas y gloriosas, comparándolas incluso con las que solían exhibir las ninfas de otros clubes de alterne de la República del Bierzo. Se esgrimieron entonces armas blancas. Uno de los clientes heridos, que era de Cacabelos, pudo llamar por el móvil a la Policía. Se corrió la voz por el pueblo de que en el A-300 había habido muertos, y que si también un cura de aldea estaba metido en el ajo...
    Sonó al fin un disparo, y fue entonces cuando el camarero me dio un toque para avisarme de la presencia en el bar de una famosa banda de grafiteros de Ponferrada. Así que cerré la novela, salí a la calle –seguía lloviendo a cántaros– y me fui derecho a la Nueva Estación. El Ponferrada-Villablino partía a mediodía, y yo había quedado con el alcalde de Toreno para charlar sobre el último libro que estaba componiendo. Ir a Toreno siempre es un placer, y más si uno viaja en el Tren Turístico del Sil. 
     ¿Habéis viajado en él alguna vez?


TEXTÍCULOS (1)


 Textículo narrativo 


  Hay pelea en el barrio,
              dos hombres casi negros,
                               apenas entendíamos sus blasfemias...
                                       debió de ser por hambre.






Textículo descriptivo


Luna llena,
              céltica,
                        druídica,
                               como un poema de Ossián.







Textículo gráfico

¿Qué está ocurriendo aq?



Textículo dramático

F. Hölderlin.– Mi patria es la casa de la locura.

H. Heine.– Mi casa es la locura de la patria.




OTOÑO QUE CABALGA



   Algunas tardes cruzo la frontera del barrio y me adentro en 

  el corazón de la ciudad, busco el otoño que cabalga más allá 


         de su victoria, y encuentro historias desvalijadas, 


               instrumentos de amores hechos polvo... 


             Ah, la maldita ciudad entera que me espanta


                 Y el mar detrás del Pajariel bramando.